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Eumeces el Anagirasio, y Aminias el Palenco, quien fue el que dio
caza a Artemisia, y si �l hubiera ca�do en la cuenta de que iba en aque-
lla nave Artemisia, a fe m�a que no la dejara antes de apresarla o de ser
por ella apresado, seg�n la orden que se hab�a dado a los capitanes de.
Atenas, a quienes aun se les promet�a el premio de diez mil dracmas si
alguno la cog�a viva, no pudiendo sufrir que una mujer militase contra
Atenas. Pero ella se les escapó del modo dicho, como otros que tam-
bi�n hubo cuyas naves se salvaron en Falero.
XCIV. Por lo que mira al general de los Corintios, Adimanto, di-
cen de �l los Atenienses, que al empezar las naves griegas a cerrar con
las enemigas, sobresaltado de miedo y de terror se hizo a la vela y se
entregó a la hu�da, y que viendo los otros Corintios huir a su capit�n,
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Dice Demóstenes que la silla con pies de plata en que sentado Jerges en
Egaleo contemplaba la Naumaquia, fue consagrada en la fortaleza de Atenas.
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Parece que Policrito picó a Tem�stocles, haciendo burla de la acusación de
los Atenienses, que hab�an delatado en Esparta a los Eginetas por partidarios
del Medo.
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No dice Herodoto en ning�n lugar que fuese decretada esta gloria en favor
de Egina en alguna asamblea p�blica de los generales griegos; con todo, as� lo
afirma Diodoro Siculo. quien a�ade con mucha verosimilitud que la envidia de
los Lacedemonios contra los de Atenas, que merec�an sin duda la palma, hizo
que cohechados los jueces la pasasen a los Eginetas. Quiz� Herodoto prefirió
inculcarnos la gloria de su hero�na Artemisia, que no publicar la envidia de
Esparta y la venalidad de los generales en congreso.
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Heródoto de Halicarnaso donde los libros son gratis
todos del mismo modo se partieron55; que habiendo huido tanto hasta
hallarse ya delante del templo de Minerva la Scirada56, se les hizo
encontradiza una chalupa por maravillosa providencia, sin dejarse ver
qui�n la guiaba, la cual se fue acercando a los Corintios, que nada
sab�an de lo que pasaba en la armada naval; circunstancias por donde
conjeturan que fue portentoso el suceso. Dicen, pues, que lleg�ndose a
las naves les habló as�: -�Bien haces, Adimanto; t� virando de bordo
aprietas a huir, escapando con tu escuadra y vendiendo a los dem�s
Griegos. S�bete, pues, que ellos est�n ganando de sus enemigos una
completa victoria, tal cual no pudieran acertarla a desear.� Y como
Adimanto no diese cr�dito a lo que dec�an, a�adieron de nuevo los de
la chalupa �estar all� prontos a ser tomados en rehenes, no rehusando
morir, si no era del todo cierto que venciesen los Griegos:� que con
esto, vuelta atr�s la proa de la nave, llegó con los de su escuadra a la
armada de los Griegos, despu�s de concluida la acción. Esta historia
corre entre los de Atenas acerca de los Corintios; pero �stos no lo
cuentan as� por cierto, antes pretenden haberse hallado los primeros en
la batalla naval, y a favor de ellos lo atestigua lo dem�s de la Grecia.
XCV. En medio de la confusión y trastorno que pasaba en Salami-
na, no dejó de obrar como quien era el Ateniense Ar�stides, hijo de
Lisimaco, aquel ilustre varón cuyo elogio poco antes hice como del
mejor hombre del mundo; porque tomando consigo mucha parte de la
infanter�a ateniense que estaba apostada en las costas de la isla de Sa-
lamina, y desembarc�ndola en la de Psitalea pasó a cuchillo cuanto
Persa hab�a en dicha islita57.
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Algo que sospechar da esta narración desmentida por toda la Grecia, aunque
apoyada sobre la palabra de Atenas, si es verdad que los Atenienses se ganasen
con un presente de diez talentos la lisonjera pluma del padre de la historia, y
que Corinto, que le negó todo gaje por los elogios que en sus Musas les le�a,
adquiriese en �l un censor injusto, no sólo en borrarles, sino en denigrar a los
avaros Corintios con mil rumores y sospechas.
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Ca�a este templo en la extremidad de Salamina.
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Dice Plutarco que Ar�stides envió a Tem�stocles por prisioneros de guerra a
los Persas m�s distinguidos, a quienes sacrificó aquel general, por consejo del
adivino Eufrautides, a Baco Omestes (el carn�voro).
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Los nueve libros de la historia donde los libros son gratis
XCVI. Desocupados ya los Griegos de la batalla y retirados los
destrozos y fragmentos todos de las naves, cuantos iban comparecien-
do hacia Salamina prepar�banse para un segundo combate, persuadidos
de que el rey se valdr�a de las naves que le quedaban para entrar otra
vez en batalla. Por lo que mira a los restos del naufragio, impelió y
sacó el viento c�firo una gran parte de ellos a la orilla del �tica, llama-
da Col�ada58. No parece sino que todo conspiraba a que se cumpliesen
los or�culos, as� los de Bacis y de Museo acerca de esta batalla naval,
como muy particularmente el que hab�a proferido Lisistrato, grande
adivino y natural de Atenas, acerca de que ser�an llevados los frag-
mentos de las naves adonde lo fueron tantos a�os despu�s de su pre-
dicción, cuyo or�culo de ninguno de los Griegos hab�a sido entendido,
y dec�a: �El remo aturdir� a la Hembra Coliada.� Suceso que deb�a
acaecer despu�s de la expedición del rey.
XCVII. Al ver Jerges aquella p�rdida y destrozo padecido, entró en
mucho recelo de que alguno de los Jonios no sugiriese a los Griegos, o
que estos mismos no diesen de suyo en el pensamiento de pasar al
Helesponto y cortarle all� su puente. De miedo, pues, que tuvo de no
verse a peligro de perecer cogido as� en Europa, resolvió la huida. Pero
no queriendo que nadie ni de los Griegos ni de sus mismos vasallos
penetrase su designio, empezó a formar un terraplen hacia Salamina59,
y junto a �l mandó unir puestas en fila unas urcas fenicias, que le sir- [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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